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Neruda Pablo - Confieso que he vivido

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Memorias Pablo Neruda 3 Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. La intermitencia del sueño nos permite sostener los días de trabajo. Muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido. Las memorias del memorialista no son las memorias del poeta. Este nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época. Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta. Confieso que he vivido. Memorias Pablo Neruda 4 1.

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September 21,am 0 0 Corría el añada setecientos veintitantos. Don Teodomiro era individuo de esos condes que, a sus 50 años. El pudo escapar montado en una mula junto con sus armas, y desde entonces, recorría la frontera buscando mujeres prisioneras o esclavizadas para liberarlas y así poder casarse con alguna heredera de otro territorio con el fin de poder liberar sus tierras y su castillo. Teodomiro tuvo dos experiencias sexuales, una a los 22 años con una guayabo de 15 que vino del órbita y a la que consiguió almibarar con unas monedas para llevarla a los establos, donde los encontró el padre de ella, en el edad en que, con los calzones en los tobillos, la muchacha arrodillada a sus pies, con los pechos afuera del vestido y el pene en su boca, estaba a punto de descargarse, y los emprendió a fustazos hasta que consiguió subirse los calzones y salir corriendo. La segunda fue con una de las criadas del castillo, mujer de espíritu ligero, que también accedió, convencida por unas numerario. Mientras él lamía los pechos y chupaba los pezones, ella acariciaba su bulto sobre el jubón, también fue interrumpida por el grito del atalaya anunciando el ataque morisco. Su aspecto iba de unas a otras, entretanto su mano subía y bajaba despacio, disfrutando del momento. Iba de las piernas de las del río a las de las lavanderas de la orilla, pasando por las transparencias de los pechos que se adivinaban en la distancia en las lavanderas del otro lado del río, cuyas camisas se encontraban empapadas de agua y marcaban sus oscuras areolas sobre la tela, mientras recordaba las sensaciones de sus fallidas relaciones amorosas, sobre todo, los momentos de la maravillosa felación de la joven, sin olvidar los turgentes pechos de la moza. Empero para Don Teodomiro, esto fue demasiado.

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